En una nota de “El País”, el director general del CIMMYT Bram Govaerts, menciona que las repercusiones ya se sienten en los mercados mundiales de energía, pero es posible que las consecuencias más inmediatas y peligrosas de un cierre prolongado del estrecho de Ormuz no se manifiesten en la gasolinera sino en la mesa de todos los habitantes del mundo.
El estrecho no es sólo un corredor marítimo para buques petroleros; es también una arteria vital del sistema alimentario mundial. Los países del Golfo reciben muchos productos alimenticios fundamentales (por ejemplo, trigo, maíz, arroz, soya, azúcar y alimentos pecuarios) a través del estrecho, y agricultores de todo el mundo dependen de los fertilizantes y combustibles que pasan por allí.
Como demostró la pandemia de COVID19, la fragilidad de las cadenas de suministro no es un problema exclusivo de tiempos de guerra. En los últimos años, muchos países del Golfo trataron de fortalecer sus sistemas alimentarios acumulando reservas estratégicas e invirtiendo en la producción local. Aunque estas medidas mejoraron la resiliencia de los sistemas alimentarios, no serán suficientes ante un bloqueo prolongado del golfo Pérsico.
Alrededor del 70 % de los alimentos consumidos en Baréin, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita e Irak pasan por el estrecho de Ormuz. Según datos de FAOSTAT y teniendo en cuenta que la población conjunta de la región llega a unos cien millones de personas, para compensar la interrupción de las importaciones habría que ingresar a estos países unos 87 millones de kilogramos de alimentos cada día.
Un bloqueo total sería tan perjudicial para Irán como para sus vecinos árabes. Los trastornos en el comercio marítimo lo someterían a presión en dos frentes: por la restricción de la exportación de energía y por el encarecimiento de productos básicos importados como trigo, arroz, productos pecuarios y aceite vegetal. Muchos iraníes ya tenían problemas para afrontar necesidades básicas que van del pan al alquiler, y eso dio impulso a las protestas masivas que se extendieron por el país a principios de este año.
Históricamente, el encarecimiento y la escasez de alimentos siempre han sido importantes factores de inestabilidad política. En 2008, el aumento de costos de la energía y de los fertilizantes, sumado a fenómenos meteorológicos extremos y políticas desacertadas, provocó un aumento de precio de los cultivos básicos a casi el doble y agitación en numerosos países. Pocos años después, en 2010 y 2011, una combinación histórica de sequía y ola de calor en Rusia generó una enorme reducción de las cosechas de cereales y llevó los precios mundiales de los alimentos a máximos históricos, lo que sentó las bases para la Primavera Árabe.
Más cerca en el tiempo, la invasión rusa de Ucrania en 2022 encareció los cereales, los fertilizantes y los combustibles en todo el mundo, lo que contribuyó a un marcado aumento de la inseguridad alimentaria. En un momento en que el sistema alimentario mundial está sometido a presiones crecientes como resultado de perturbaciones climáticas y de los efectos residuales de la pandemia, no es de extrañar que el mundo enfrente el mayor incremento de conflictos violentos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
El impacto de nuevas interrupciones en el estrecho de Ormuz no quedará en el Golfo. Los agricultores de todo el mundo, desde el sur de Asia hasta África subsahariana (e incluso en Europa y Estados Unidos) dependen de un suministro estable de fertilizantes y combustible. El gas natural es un ingrediente clave de los fertilizantes nitrogenados, piedra angular de la agricultura moderna que contribuyó a máximos históricos de rendimiento de los cultivos. Se estima que entre un 30 y un 40% del comercio internacional de fertilizantes nitrogenados pasa por el estrecho.
Frente a un encarecimiento de los fertilizantes y del combustible, los agricultores responden usando menos fertilizante o sembrando menos hectáreas. Eso lleva a una disminución del rendimiento agrícola, cuyos efectos se propagan por todo el sistema alimentario. Desde los agricultores y los camioneros hasta los procesadores de alimentos, el aumento de costos se traslada por toda la cadena de suministro hasta llegar a los precios que pagan los hogares.
El cierre del estrecho de Ormuz, ya sea con minas marinas o por un conflicto militar prolongado, puede causar daños de gran escala a la población civil, al alterar los sistemas mundiales de alimentos y energía y generar una crisis hídrica regional. Todas las partes en el conflicto y la comunidad internacional deben hacer todo lo posible para evitarlo.
Este episodio debe obrar como advertencia de la enorme vulnerabilidad del sistema mundial de alimentos. Las autoridades deben reforzarlo antes de que la próxima perturbación ponga a millones de personas más en riesgo de sufrir una catástrofe humanitaria.