En un reporte de la FAO sobre las perspectivas de la agricultura y del desarrollo rural en América, se impulsa el crecimiento de la productividad agropecuaria. Dado que de ella depende nuestra capacidad no sólo para producir más alimentos a menor costo y por tanto más accesibles, sino también para responder a una demanda creciente de alimentos sanos, nutritivos, seguros y producidos de manera sostenible, garantizando al mismo tiempo la seguridad alimentaria, el empleo rural, el aumento de ingresos para los productores y la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.
Según este reporte, en la región enfrentamos un triple desafío: producir más, de manera sostenible y con inclusión social. La productividad, más que una variable económica, es el vínculo que une desarrollo, sostenibilidad e inclusión. Cuando la productividad aumenta, también se incrementan los ingresos rurales, se fortalecen los ecosistemas productivos y aumenta la resiliencia frente al estrés ambiental, pero cuando se estanca, se amplían las brechas, se deterioran los recursos naturales y se debilita la base misma del desarrollo rural.
A este contexto se suma un entorno de riesgos productivos y financieros crecientes, asociado al aumento sostenido de los costos de producción—en particular de insumos, energía y fertilizantes, a la mayor exposición a choques ambientales y de mercado y a condiciones de acceso al crédito que siguen siendo restrictivas, especialmente para los pequeños productores.
De la mano con lo anterior, la ausencia de instrumentos adecuados de gestión de riesgos limita la inversión, desalienta la adopción tecnológica y refuerza las trampas de baja productividad. Abordar estos riesgos no es solo una condición para estabilizar la producción, sino también un componente central de cualquier estrategia orientada a elevar la productividad de manera sostenible e inclusiva.
Entre 2023 y 2032, el 79 % del aumento mundial en la producción de cultivos provendrá de la productividad, y sólo el 15 % de la expansión de tierras (OCDE & FAO, 2023). Estos datos confirman, como tendencia global, que la verdadera frontera del crecimiento es la eficiencia, no la ampliación de la frontera agrícola. En la región la productividad ha mejorado cuando se ve impulsada por avances tecnológicos, tales como el desarrollo y la adopción de semillas mejoradas, la biotecnología, la mecanización, la agricultura de precisión, nuevos sistemas de riego o prácticas productivas más sostenibles.
Para avanzar en esta dirección, resulta indispensable abordar las causas estructurales que explican el estancamiento de la productividad agropecuaria. Estas causas no actúan de forma aislada, sino que se refuerzan entre sí, conformando un entramado complejo de restricciones productivas, tecnológicas, institucionales y territoriales., entre los que destacan:
1.Heterogeneidad estructural: Coexisten sistemas altamente tecnificados con productores de baja escala;
2.Brechas tecnológicas: Los sistemas de innovación se diseñaron históricamente para los sectores más tecnificados, dejando fuera a una amplia base de pequeños productores con baja capacidad de adopción tecnológica.
3. Gobernanza débil: La fragmentación institucional reduce la eficacia de las políticas y se refleja en un gasto público sesgado hacia subsidios de bajo impacto;
4.Desigualdades territoriales y digitales: Solo el 39 % de los hogares rurales tiene acceso a internet y en varios países esa cifra cae por debajo del 25 %; ello limita la digitalización y el acceso a servicios de información, crédito y capacitación (Rodrigues & Mondaini, 2024; Ziegler, 2021).
5.Brechas de talento humano: El empleo agrícola representa el 14 % del total regional; la edad promedio en la agricultura familiar es de 55 años y la baja escolaridad reduce la capacidad de innovación y adopción tecnológica.
6.Restricciones de financiamiento: Solo el 15 % de los pequeños productores accede a crédito formal; en algunos países las tasas pueden superar el 30 % anual, lo que perpetúa la informalidad y la baja inversión.
La productividad es la base sobre la que se construye una agricultura más resiliente, más inclusiva y más sostenible. Avanzar hacia ese objetivo no es solo deseable: es una condición necesaria para garantizar el bienestar, la seguridad alimentaria y el futuro de los sistemas agroalimentarios.