De acuerdo con un nuevo reporte de la FAO, el calor extremo está definiendo cada vez más las condiciones en las que operan los sistemas agroalimentarios. El aumento de las temperaturas y las olas de calor, que se producen con mayor frecuencia, duración e intensidad, suelen ir acompañados de sequías prolongadas y otros fenómenos climáticos.
El calor extremo agrava las debilidades existentes en los sistemas agrícolas. Las temperaturas más altas resecan los suelos, reducen las cosechas, perjudican al ganado, alteran la pesca y aumentan el riesgo de incendios forestales. Cuando se combina con la escasez de agua, las consecuencias se intensifican, reduciendo la producción, disminuyendo los ingresos y limitando el suministro de alimentos.
Este informe estudia la transformando la producción y la seguridad alimentaria.
Basándose en las últimas observaciones climáticas, análisis de sistemas agroalimentarios e investigaciones, ofrece una evaluación integral de los riesgos que con demasiada frecuencia se han subestimado en la planificación climática y del desarrollo, e identifica áreas prioritarias para la atención política y la inversión estratégica.
Estos impactos se extienden mucho más allá de los campos de cultivo. Representan un riesgo sistémico para la seguridad alimentaria mundial y para el sustento de más de 1,230 millones de personas que dependen de la agricultura. Los trabajadores agrícolas ya están experimentando efectos en su salud, productividad e ingresos. A medida que se intensifica la variabilidad climática, los avances logrados con tanto esfuerzo en la reducción del hambre y la pobreza se ven comprometidos, con repercusiones que se extienden por las economías y los hogares, afectando de manera desproporcionada a los más vulnerables.
La principal defensa es la resiliencia de los sistemas agroalimentarios y de los agricultores que los conforman.
Las huellas del calor extremo en la agricultura ya son visibles en todo el mundo. El análisis de la evidencia científica y los estudios de caso presentados en este informe confirman que el calor está provocando pérdidas significativas de productividad. Por ejemplo, los rendimientos de cultivos básicos como el maíz y el trigo han disminuido un 7.5 % y un 6% respectivamente por cada grado Celsius de calentamiento, y se prevé que disminuyan hasta un 10 % adicional por cada grado Celsius de calentamiento en el futuro.

Los árboles frutales y de frutos secos, así como los bosques naturales, también sufren pérdidas de producción y un riesgo creciente de incendios forestales más frecuentes e intensos. En conjunto, estas pérdidas crean un peligroso círculo vicioso, donde la escasez de producción puede llevar a la expansión agrícola para compensar, aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero que alimentan aún más el cambio climático.
Es imperativo desarrollar resiliencia mediante la adaptación a los cambios perjudiciales que ya se han producido y que son inminentes. La necesidad de medidas de adaptación es especialmente importante para las comunidades más vulnerables de las zonas tropicales y subtropicales.
Dado que los episodios de calor extremo suelen ser predecibles, la acción basada en pronósticos ofrece una oportunidad crucial para reducir las pérdidas y proteger a los trabajadores agrícolas. La información meteorológica y climática oportuna y útil, respaldada por sistemas eficaces de alerta temprana y avisos agrometeorológicos, puede ayudar a agricultores, pescadores, ganaderos y silvicultores a anticipar riesgos y adoptar medidas preventivas. A medida que aumenta la frecuencia y la intensidad del calor extremo, será fundamental fortalecer la resiliencia de las comunidades y los ecosistemas para hacerle frente.
Las conclusiones de este informe dejan claro que fortalecer la resiliencia de los sistemas agroalimentarios requiere una acción coordinada y sostenida.
La adaptación debe ampliarse a todos los sistemas agroalimentarios a nivel mundial y llevarse a cabo a un ritmo que permita anticiparse a la velocidad con la que se materializan los cambios perjudiciales. Las prácticas resilientes al clima, la mejora de la gestión del agua y la tierra, el desarrollo de cultivos y razas tolerantes al calor y el fortalecimiento de la administración del riesgo pueden reducir la vulnerabilidad y proteger los medios de subsistencia.